lunes, 23 de septiembre de 2013


DÍA DEL ESTUDIANTE
 
23 de septiembre: Día de la aviación, de la técnica, de la juventud, de la primavera; y, también día del estudiante.
Bajo el título de Yemo, en setiembre del 2011 publiqué este artículo en el diario Los Andes de Puno, a manera de homenaje a esos estudiantes que se forjan la vida en el silencio y anonimato.

 
 

YEMO
 
Tenía 25 años y un rostro de niño envejecido. Yemo Mamani Yaja, era el segundo de siete hermanos y estudiaba el cuarto de secundaria, allá en el CESTI “Perú-Birf” de Juli de los años 2000. Nació en el mismo corazón del Ande, en Collini, una comunidad ubicada a más de 10 Km. de Pomata, en la provincia de Chucuito al sur de Puno. Lo cual desde ya es una fortuna y una desgracia a la vez. En este Perú diverso, de fracturas y diferencias sociales encontradas, Yemo quizás sea el retrato de esos miles de estudiantes que viven en la marginalidad y muerden el polvo de la pobreza, en medio de un sistema que no es capaz de abrir los ojos a esas poblaciones que viven lejos de los muros de Lima.
     Golpes de la vida las conoció desde que estuvo en el vientre de su madre. ¿Quién no ha sufrido esos golpes de los que nos habla Vallejo? Pero lo que le sucedió a sus 12 años fue el mayor golpe de su vida, y del que aún tenía memoria. Una enfermedad, según él, hereditario, lo regresó de súbito a los pañales. Sus padres le habían dicho que él era un alegre estudiante de quinto de primaria, y que una tarde, después de la comida, luego un temblor extraño, murió por unas horas. Abrió los ojos, luego del golpe al cerebro, pero no era él. No podía moverse, y se vio sumergido en un mundo de inconsciencia por más de un año y medio. Literalmente no se acordaba nada. Y cuando volvió a la realidad, lo más cercano que tenía, era el cuidado maternal de su madre. Entonces vino lo peor, sus padres tuvieron que enseñarle los segundos y primeros pasos a un adolescente que repentinamente volvía a la infancia. Enjuagándose las lágrimas y en un perfecto aymara, me dijo que muchas veces, en esas horas difíciles, rogó a los dioses para que el sol nunca más saliera para él o que las ánimas benditas se lo llevaran después de una oración silenciosa. Le dolía hasta el hartazgo ser una carga para su familia que vivía pendiente de él.
     Era la Epilepsia, ese mal que en las comunidades del Ande se mezcla entre la verdad y la mentira, entre la realidad y el prejuicio. Pues, cuando despertó –sin saber, si Dios o el mismo diablo le pusieron los ojos y la razón sobre la tierra-, fue como nacer nuevamente. Volvió a deletrear las primeras palabras, aprendió a estarse erguido y dar los primeros pasos, retomó lentamente el habla y reaprendió las primeras operaciones matemáticas. Y así, como si naciera un sol infantil con la esperanza en pañales, retomó la escuela. Le costó tomar conciencia que era un niño grande, muy grande para estar en los primeros grados de la primaria. Pero la tragedia vendría después, una vez en el colegio no pudo capear la malicia de los compañeros y algunos profesores que le motejaron con un sobrenombre que minó lentamente su autoestima. Entonces decidió retirarse y dedicarse a realizar trabajos manuales para proveerse de medios económicos para su subsistencia. Sin embargo, no pasó mucho tiempo para entender que su pobreza y la epilepsia, no tenían que ser obstáculos para proveerse de un poco de saber en la educación secundaria que jamás debió dejar. Fue en esas circunstancias que lo conocí. Sus padres lo habían matriculado en el CESTI “Perú-Birf” de Juli, muy lejos de su comunidad.
     ¿Cómo sé mucho o poco de él? Una mañana convulsionó en pleno desarrollo de clases en el laboratorio de biología. Atiné junto a sus compañeros con asistirle y darle los primeros auxilios. Fue terrible, pero no extraño. Alguien muy cercano a mí, sufre de este mal, además de tener alguna noción elemental. Sé que los estudiantes de las comunidades tienen una y cien dificultades, pero Yemo era un estudiante regular en el aprendizaje, disciplinado, empeñoso y puntual con sus tareas. Aún tenía problemas en el habla, tartamudeaba y de vez en cuando rezaba para que las convulsiones no se manifiesten en horas de clase. Vivía en un cuarto alquilado acompañado de sus hermanos que estudiaban en la primaria y la secundaria. Su fortuna se reducía a una cama que tenía por colchón pieles de ovino, unos cuantos utensillos de cocina y un mechero para iluminar la oscuridad del cuarto. Por las noches trabajaba de ayudante en una panadería para procurarse algo para solventar sus gastos. Por las mañanas, hacía el desayuno para sus hermanos, los encaminaba a la escuela y luego el venía al suyo. Cada quince días, su padre también venía con las algunas provisiones.
     Ahora que han pasado raudos, más de 10 años, ¿qué será de su vida? No es difícil imaginarlo en su comunidad aporcando el cultivo, arreando su ganado, participando en las faenas comunales, bailando en sus fiestas, cantándole al sol del alba o cultivando estrellas en el silencio nocturnal de su Collini. Pienso que su vida discurrirá al compás de los riachuelos y acequias, masticando la soledad, la escasez de las lluvias o mordiendo la tristeza de ver la poca producción del año. O tal vez, como hacen muchos pobladores de la zona, haya migrado a Tacna, Arequipa u otra ciudad de la costa, donde probablemente se gane la vida como peón, albañil, agricultor en algún valle o cobrador de microbús, o quizás se pasee en un auto último modelo como un próspero comerciante o profesional. Pues, apenas acabó la secundaria, no supe más de él. A veces me asalta la idea del agravamiento de la epilepsia, y hoy sólo viva su recuerdo. En cualquiera de los casos, en este día del estudiante, podría enumerar el nombre de muchos que he tenido en las aulas, y cuyos rostros parece que veo. Muchos marcaron mi corto trajín en el magisterio, muchos de cuyas vidas aprendí y aprendo todavía.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada