domingo, 24 de junio de 2012




Algunas notas sobre Darwin E. Bedoya Bautista:
Ganador de la XV bienal Copé internacional de poesía-2011

 

La literatura puneña está de fiesta una vez más. El ganador de la XV Bienal de Poesía “Premio Copé Internacional 2011” es el poeta Darwin Eduardo Bedoya Bautista, nacido en Moquegua, pero asentado en Juliaca, Puno, donde es parte de lo que ha venido a llamarse Poesía de los 90’ o de fin de siglo.
Desde su llegada al altiplano, cargando sueños y buscando una ¿esperanza?, han pasado raudos más de 20 años, y Puno le dio amigos, hijos, un trabajo esquivo y tal vez lo más importante: un espacio fértil para la creación literaria. Esta tierra ciertamente subyuga, descorre la imaginación. Sus contrastes geográficos, que para el visitante puede ser agreste y difícil, es para el hombre andino un aliado más, incluso para el arte. Aquí hasta la helada inspira poesía. Y, ocasiones como ésta, es un pretexto para retroceder en el tiempo, a la instantánea que te remite al amigo y compañero de ruta. Después de la ruptura en la revista Consejero del lobo, faltaba alguien que formara parte del equipo de la revista Pez de Oro. La ocasión fue aquel memorable recital de los poetas de los 90’ llevado en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional del Altiplano. Al final del evento, unas palabras y una nota de la dirección nos pusieron rumbo a la ciudad de Juliaca, creo que dos semanas después. Luego de caminar por sus calles tortuosas y polvorientas, lo encontramos, detrás de un mostrador de un tallercito de electrónica, donde se reparaban televisores, radios y otros artefactos. Parece que en ese momento soldaba o cambiaba los fusibles de una radio vieja, al lado de libros de poesía y revistas de literatura. Luego del saludo y una gaseosa en la tiendecita a la vuelta de la esquina, le mostramos la primera edición de la revista, y sin titubear tuvimos en él, al compañero con quien podíamos caminar en esta patria común llamada literatura. Los demás, es casi historia.
Las incursiones literarias en revistas como Consejero del lobo, Pez de oro, La Rama torcida, El Katari, etc., nos ha mostrado a alguien que respiraba literatura hasta en las conversas más triviales. Siempre literatura. Muchas veces denostado por compañeros de la misma generación, o por alguna vaca sagrada de la literatura puneña, su escritura siempre evidenció ese afán de universalización, ya sea desde el cuento, ensayo, crítica o poesía. Darwin, tal vez como nadie, estaba al tanto de los cauces de la literatura peruana, latinoamericana y mundial. Así lo muestran sus artículos en distintos medios escritos y digitales y los libros de su autoría.
Sin olvidar a los finalistas y Copés de bronce, en poesía y cuento, este premio se suma al de otros poetas puneños, como Alfredo Herrera por Montaña de Jade en 1995 y Boris Espezúa por Gamaliel y el oráculo del agua en el 2009. ¡Tres premios Copé de oro de poesía para Puno¡. Ahora bien. El Copé es uno de los concursos literarios más prestigiosos del país, y este premio no hace sino confirmar el buen momento por el que atraviesa la poesía puneña. Puno, tierra de artistas y poetas (cliché para nuestros políticos de turno), desde los hermanos Alejandro y Arturo Peralta, Oquendo, Efraín Miranda, hasta converger en la hornada de poetas contemporáneos. Esto que decimos, nos obliga hacer un apunte final: El Copé de novela y poesía han sido ganados por dos provincianos. ¿Cómo se hubiera recibido la noticia si el ganador fuera de las canteras de la Pontificia o las “élites” literarias de Lima? La verdad es que se huele un silencio sospechoso en la “oficialidad literaria” del país, básicamente limeña.

De: Letras del lago, abril de 2012.



Darwin Bedoya, José Luis Velásquez, Luis Pacho y Victor Villegas Arias


 

Textos inéditos de El libro de las sombras*


d a r w i n   b e d o y a


Los años que dure esta oración te voy a poner por nombre Caballo. Yo mismo me llamaré Caballo. Después, como tú, seré un equino oscuro galopando tras la escarcha de nuestra sangre. Seré un potro meando sobre los prados polvorientos que hacen la distancia de tu camino. Seré el orín, el agua que haga crecer el pasto nuevo que tus patas han de pisar cuando vuelvas a tu casa de adobe, carrizo y calaminas oxidadas: tu reino. Para entonces no será necesario decir una sola palabra. Caballo, viento sentado. Algunos creerán que ya no estás entre los vivos. Caballo que tascas viento muy cerca de este montón de huesos tuyos. Aquel día, Caballo, viento sentado, habrá más silencio que hoy, habrá una quietud como de piedras o de cerros y un orden absoluto, casi copiando la imagen de tus dientes contentos cuando solías repetir la historia de nuestros nombres: A este nuevo caballo le pondremos un nombre de morir. Poseerá el nombre que un día tuvo nuestro reino. El mismo nombre que a su hijo le puso tu abuelo: Caballo. Que nadie se olvide que tú vienes desde el humeante lomo de un comienzo sin final. Y un día todos se acordarán de ti, porque el día que la sed los agobie, sabrán que tu nombre siempre estuvo escrito en el agua.

 [Advertencia sobre nuestros nombres]



: En ese alejamiento interior me puse a tantear lo improbable. Sin pensarlo siquiera, comencé a contemplar la distancia y logré saber del crecimiento innecesario de los pastos y los territorios del hombre, mis palabras de barro excedían. Desnudo en la sombra, recosté mis huesos sobre un cúmulo de chojas y hierba reventada; enmudecí. Entonces pude oír de la boca desdentada de mi abuelo: Hubo un tiempo en que nuestros muertos permanecían entre los vivos. Danzaban y bebían su muerte como si nunca fueran a terminarse. Algunos hablaban y callaban sentados sobre un trono de huesos. Ordenaban agua desde un reino de piedras y ceniza. No estoy hablando aquí de la muerte o la inmortalidad; estoy hablando de un animal que rebalsaba sentimientos. Un animal gris, solitario y silencioso; llevaba una corona en la cabeza. Ese descomunal incendio, mi padre, un caballo sin riendas saliendo del fuego. Un animal gris al que de cualquier forma le sobrarán todas las edades juntas. Un rostro indefinido mezclándose con los paisajes del lugar. Caballo inmóvil durmiendo en tanta sombra, mi padre.

[Caligrafía de huesos]



(SI RECUERDO TU ROSTRO, ES SOLAMENTE POR LAS GANAS DE VER UN CIELO AZUL A CADA INSTANTE.)

[...] Este montón de huesos brillando en la noche. Estos dedos de humo que van poblando tus sueños. Estas palabras antiguas confundiéndose con la ceniza, estas piedras que van rodando por tu camino; todo esto se ha vuelto una ruta de salamandras que corren hacia un reino que ya se hizo polvo hace tiempo, demasiado tarde para volver a soltar las aguas del río que nos daba de beber. Hablo de tus barbas de casi ochocientos días sin cortar.


 
(QUE DUERMAN PARA SIEMPRE LAS LIBÉLULAS QUE VOLABAN INCIERTAS EN EL FONDO DE SU CORAZÓN.)

El tiempo se desgasta lentamente cuando recuerdo sus sienes blancas y su barba tupida. Su voz aún mueve los arados y las cosas buenas de nuestro reino. Nadie sabrá cuántos pájaros han muerto en el jardín. Tampoco podrán escuchar sus palabras confundiéndose con el galopar de mil caballos desbocados. En esta tarde de neblina y silencio negro, vuelan bandadas de lechuzas hacia las retamas, allí guardo las sandalias ensangrentadas de mi padre. Lechuzas como un velo de muerte, sus silencios no pueden volar solos, no pueden vivir solos. No morirán solos. Mañana habrá una colección de nidos sombríos en el centro de sus sandalias. Mi padre será el silencio para siempre. Nadie sabe los secretos que él ha guardado en el armario de cedro. Nadie sabe lo que esconde en los bolsillos del suéter gris que usaba en invierno. Nadie sabe por qué los corredores principales del reino todavía huelen a incienso y mirra. Nadie sabe de sus manos arrugadas y del polvo que raspa sus ojos.



Una tarde, en los pasillos de nuestro reino, me encontrará de pie en este silencio. Mientras que mis doncellas, recostadas en la tibieza de sus alcobas, con sus vulvas aceitadas y vellosas, me dirán impacientes: ya es hora. Yo seguiré tiñendo sus ojos con mi sangre. Raspados por la niebla, mis ojos se tornarán en una constelación de ceniza que se irá desmembrando inevitablemente. Mi túnica arde junto a las cabezas marmóreas de poetas antiguos. Mis doncellas se han dedicado a limpiar con trapos viejísimos cada uno de mis sueños y de cuando en cuando, hacen el amor con alguno de mis huesos. Creo escuchar gritos y naufragios de barcas negras hundiéndose en mi cuerpo. Estoy condenado a ser la raíz de todos aquellos que sufren sobre mis hombros, esa ceniza que es polvo del polvo ante los ojos del mundo. No puedo ver nada. Vano es el intento de atrapar la eternidad en mis manos. Vano intento en estas manos que amaban y que, extrañamente, aún conservan el perfume del sexo y los pezones de una reina. Creo que alguien contempla desde mí, en los balcones, cómo mi cráneo se abre de modo imprevisto en uno de los muros de mi cuarto. El amor de mi reina y mi fuerza quedarán como un talismán pendiendo en los labios de mi hijo. Yo también parezco un hueso cargando una dentadura. Allí donde el crepúsculo se marcha, otra vez asciende mi cuerpo oscurecido. Este negro impulso de partir ahora, de caer de una buena vez al más hondo precipicio, a la luz que entusiasma mi furioso corazón. Este viejo animal aún camina conmigo. Esta espina que todo lo dice sin hablar. Este montón de huesos es también el sitio por donde pasaron los paraísos mejores, sin descansar. Así como el día en que nací, del mismo modo se libera un aullido de mi pecho. Sólo mi reina percibe este dolor (Alguna vez ella pudo haberme parido). Ahora ordenaré que los centinelas me aten las manos a la espalda y cubran mis ojos con mantas negras o ceniza. Porque muchas veces me sorprendo en medio de la noche, intentando descifrar nuestros rostros verdaderos en el nido de las lechuzas. Así como nací, veo también, el lugar que ocuparemos mi mujer, mi hijo y yo, el preciso lugar que dominaremos a partir de mañana. Ahora que en mis ojos hay mil diluvios, amargamente me pregunto: ¿Quién soy?, ¿quiénes soy?, ¿quiénes habré sido?, ¿quiénes podré ser?, ¿seré acaso mi propio hijo y ya no lo recuerdo?, ¿seré el silencio en nuestro reino?



HOY HE COMENZADO A CHUPARLE LOS HUESOS NEGROS A LA MUERTE. Y ELLA, SUTIL Y PREPARADA EN LOS ACTOS SOLIDARIOS, ME RESPIRA HONDAMENTE Y ME HABLA CERQUITA DEL OÍDO. ME DICE COSAS SOBRE UN MONTÓN DE PASIONES Y CADÁVERES. UNA HERMOSA PARTE DE MI REINO, CON LOS BRAZOS ABIERTOS, ES POLVO QUE RETORNA AL POLVO. HOY HE COMENZADO A CHUPARLE LOS HUESOS NEGROS A LA MUERTE. AGUA Y VIENTO SE CONFUNDEN EN MI BOCA: AMARGURA DE OLVIDOS DESDE HOY.
 
De: Letras del lago, abril de 2012.
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* El libro de las sombras es el texto ganador del Copé.

martes, 19 de junio de 2012



Una lectura de los poemas k’aik’eados
o las horas serenadas de Luis Pacho


darwin bedoya



C E R O: LAS AGUAS DE LA UBICACIÓN

Estos tiempos que vamos atravesando en nuestra literatura son los años de liquidación y consolidación de algunos libros y nombres en las letras de la poesía puneña. Para empezar, se reducen a cinco los nombres importantes de los poetas que alguna vez conformaron la Generación de Fin de Siglo o los años ‘90 en la poesía puneña. Entre estos cinco está el nombre de Luis Pacho, uno de los últimos en conformar y tener filiaciones, identidades y lecturas con aquel conjunto que, hasta hace un par de años atrás, era una lista de más de diez poetas, a partir de ahora se contará un antes y un después en este periodo de la poesía puneña.


U N O: CONTRACANTO DEL HUALAYCHO Y LA IMILLA

En la ya considerable Colección de poesía Letras de la Poesía Latinoamericana —van siete títulos publicados en esta colección— dirigida por Walter L. Bedregal Paz, conformando el segundo número de este repertorio, el poeta Luis Pacho ha publicado Horas de sirena, Grupo Editorial Hijos de la lluvia, 2010, 54 pp. Segundo libro del autor puneño. En este poemario el poeta brinda un homenaje a sus raíces altiplánicas a través de un mito nacido de un resquicio, quizá telúrico, que ha permitido un sincretismo genuino en el vasto altiplano. Estos son poemas en los que el mito, la mujer andina, el paisaje del ande y la poesía misma adquieren decisiva importancia y permanecen en la escritura de este poeta que empieza a consolidar su obra.
En Horas de sirena el poeta contempla un paisaje al que se ha fundido por determinadas vivencias. En cada poema se rescatan los sentimientos producidos durante la contemplación y la vida transcurrida del poeta. Se transmiten los pensamientos originales que cruzan por su mente. Luis Pacho recupera un tiempo olvidado y casi perdido en los pliegues de la oralidad del mundo andino. Esta presencia constante de la naturaleza altiplánica en estos textos tiene un sentido amplio, trascendente y va generando atmósferas que, sin duda, pertenecen genuinamente a un espacio mitológico que trata de explicar un suceso que alguna vez pudo haber ocurrido en la vida andina. La mayoría de estos poemas se caracterizan por el movimiento en el tiempo, ya hacia el futuro, ya hacia el pasado; pero en ellos siempre prevalece la idea de la unión. Es una poesía que une al hombre con la misma mitología y lo enfrenta con los enigmas de Huaquina, allá en las faldas del cerro Sapacollo, en Juli, con el misterio y con sus propias posibilidades como ser humano que piensa y siente.
En las dos últimas partes de Horas de sirena —las más logradas e intensas del poemario—, hace su aparición el hualaycho —alter ego del autor— y empieza su cántico dedicado a las imillas, es entonces que se da el lirismo desbocado, aquel que predomina junto a las referencias nativas- culturales y los nombres propios de cada imilla juleña. Aparecen también elementos que aluden al ande citado en Huaquina. Así, el poeta escarba en una extensión altiplánica de su tierra natal para volver a encontrarse con sus raíces o con un escenario donde alguna vez las imillas o el paisaje mismo marcaron su vida. En estos poemas la melancolía temporal constata el recuerdo sentimental de las cosas. Son las presencias humanas contra las que se estrella toda ilusión humana de permanencia y eternidad. Es entonces que el poeta, frente al canto de sirenas, empieza a entonar sus poemas, produciéndose así el contracanto entre las sirenas y el hualaycho.


D O S: MEMORIAL DE ENCANTAMIENTOS

Es verdad que la entusiasta aceptación de las ventajas de la escritura impidió, hasta épocas recientes, comprender la magnitud de sus limitaciones, y produjo una desvalorización apresurada y acrítica de la oralidad, cuyas sutilezas técnicas recién están siendo estudiadas en toda su complejidad. Pero el vehículo fundamental de la cultura no es la escritura, sino la lengua. Ella, de por sí, ha sido capaz de permitir la trasmisión cultural durante siglos y milenios hasta llegar a nuestros días. La tradición oral andina —la que empieza con los mitos y leyendas abarca también las costumbres, rituales y fiestas y alegorías— tiene especialmente, en su larga lista de protagonistas, a un personaje mítico femenino: la sirena. Este es un personaje que vive/opera normalmente en las pakarinas, ojos de agua, ríos, cataratas, lagos andinos, etc., y tiene como objetivo fundamental encantar a los seres que estén a su alcance o que irrumpen en su territorio, para su hechizo se vale del canto que sólo sin oírlo se alcanza la inmunidad a su hechizo irreversible.
El personaje mítico sirénido como tal, es conocido en distintas geografías peruanas, en cada lugar tiene sus propias formas de presentación, sus historias, sus conjuros, desde sus cantinelas, sus apariencias de musa, su lugar de residencia, su larga cabellera, el fulgor de sus ojos, la extensión de sus uñas, las flores que le gusta, las vestimentas usuales, su eternidad, su elasticidad al danzar, su perfume, su manera de k’aik’ear*, etc. Quizá humano, tal vez animal, anfibio o ave, las sirenas han existido desde tiempos antiguos. Empero, las sirenas de Luis Pacho son seres humanos femeninos, recientes; sin embargo no por ello dejan de ser un mito, un símbolo, un emblema y un indicio o encantamiento. Este ser que está presente en las culturas primitivas y contemporáneas del mundo tiene ciertas atribuciones. A su embrujo o k’aik’eamiento no han escapado las artes secuenciales, la historieta o la animación cinematográfica. Escritores, poetisas, dramaturgos, músicos, fotógrafos, pintores y cineastas la han retratado en sus lienzos, revelado en sus cuartos oscuros, bocetado en sus hojas en blanco o graficado sobre papel pautado. Para representar el mito de la sirena, los cultivadores de las bellas artes se han valido de todos los soportes posibles para conservarlo en el imaginario colectivo.
En el reino de la literatura tiene presencia en la novela, el cuento, la poesía, el drama y el ensayo; otras expresiones como el cine, la pintura o la artesanía popular también adoptaron a esta figuración. En cada uno de estos géneros, artes y formatos de exposición adquirió una significación particular, ya para conservarla, ya para modificarla. La permanencia, la continuidad y el cambio es el sino de este personaje reconvertido en tema por las incontinencias del arte. En el simbolismo que genera el bestiario, de origen cristiano, con caracteres hispanos, religiosos y moralizantes; la sirena significa lujuria, libidinosidad, y es que el simbolismo de la lírica popular es sexual. Por esa ruta es que merodean las sirenas andinas de Pacho.


T R E S: EL ARTIFICIO DEL K’AIK’EADO

En los presentes textos la sirena recupera su simbolismo mítico que entremezcla en su origen y desarrollo el culto a los muertos y a las diosas del agua; al enfrentamiento de la pureza con la maldad; al erotismo y a la seducción donde la imaginación del poeta convierte a la sirena en personaje que no tiene su culmen en el encantamiento, y es que no sólo es deseo, sino también ternura, pasión que manifiesta una soledad que la aparta de todo mortal y la acerca a lo imposible con un mensaje, menos de perdición, más de fascinación, porque el artificio del k’aik’eado que logran las sirenas es en verdad un arte, tal como lo muestran los poemas de este libro. Quizá los poetas sean el plato favorito de las sirenas.
Horas de sirena es un tratado sobre las sirenas andinas —en realidad son mujeres que en este libro pueden ser profesoras, cantantes, danzarinas, imillas, etc.— con su simbología y atributos adquiridos. Ella es una figura de la seducción; un ser excepcional que tal vez devendría en metamorfosis del sujeto; renuncia; objeto del deseo; personaje en ascenso socioliterario: de figura secundaria en episodio único, a papel protagónico, poético; paradigma de la belleza; encarnación del mal que se asume como bien en la poesía; rito de inicio a la vida adulta; en fin, una enseñanza recubierta de moraleja. Cada uno de estos símbolos y atributos enunciados, encuentran su correlato en las invenciones/experiencias poéticas de Luis Pacho, el cazador de sirenas k’aik’eado.


C U A T R O: LA CÓPULA CREADORA Y EL LUGAR DEL LIBRO

Aunque en la historia del arte es común que las nuevas obras sean incomprendidas y que sólo con el transcurso del tiempo lleguen a encontrar un público adecuado. Este libro prescinde de los hartos manidos derroteros de la poesía puneña contemporánea y resulta ser una obra singular —a pesar de que no dista mucho, casi nada, o se mantiene en el mismo horizonte en estilo, cierta conocida propuesta y calidad con respecto a Geografía de la distancia, libro anterior del poeta— porque el sujeto lírico no se limita a cantar estrictamente a la mujer amada, si no que más bien combina su canto o lo erige desde un mito ancestral, lo utiliza como medio discursivo para lograr sus tendencias estéticas. De este modo cada poema es una suerte de oración y fetiche que se llena de matices sugerentes y alcanza una nueva significación en el libro. Los versos cargados de simbologías, son fragmentos, elementos metafóricos que en el plano de la imagen deben producir analogías infinitas con un fulgor inusitado. Para Luis Pacho la poesía es una forma de conocimiento, es una cópula creadora con una potencialidad sin límites, por ello, para poder develar su obra hay que ir trazando analogías sucesivas, escuchar y transmitir el eco de su ontología poética, quizá acumular comparaciones hasta lograr una gran alegoría. Estos poemas marcan con tenacidad el desahogo de la existencia e importancia de la belleza originada y detenida en Huaquina, y el poeta renueva así, con estos versos k’aik’eados, el vigor del mito andino y el engrosamiento de la poética puneña.


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* K’aik’ear es un vocablo aymara que significa encantar, hechizar, hipnotizar, embrujar, inmovilizar. Los mitos narran que las sirenas y algunos otros seres fantásticos del bestiario mitológico tienen el poder de k’aik’ear para poder lograr sus propósitos. Se sabe que el k’aik’eamiento se da en base a ciertos rituales que ocurren con una canción, un rose de piel o el simple hecho de oír de una voz sirénida, inclusive el movimiento de una extremidad del ser mitológico que pretenda k’aik’ear.


El poeta leyendo textos suyos en la presentación de la muestra de poesía Hijos de puta, 15 poetas latinoamericanos



Algunos poemas del  libro Horas de sirena

I
Conjuros de sirena

 1/. El invierno es cruel como una despedida. Nada se sabe del canto de las ranas ni el silencio atolondrado de esas garzas solitarias que solían anidar su espejismo a la hora de los crepúsculos. Mis sueños son esas rocas que se astillan en estas punas después de cada relámpago, sin embargo guardo la esperanza de mi madre que cría estrellas y auroras en su regazo de agua dulce y plateada. 2/. Mira este cielo y estas nubes que juegan en mi lecho de llachu venerable. Mira este horizonte que termina y comienza en mí. Oye la fiesta de los grillos, siente el aroma de la noche y la brisa leve que respiro. Yo te daré el bálsamo del Titikaka y el calor del primer sol de la mañana.


III
La eterna partida

1.
Cuando descubras el olvido, posiblemente crecerán espinas en tu cuarto, y una luna llena como tu corazón, esparcirá su silencio. Serás aquella desconocida que arrulló mi cuerpo extranjero y apagó una vela cuando todos arrojaban piedras en tu camino.

2.
Lo que hoy guardo, no es un pájaro que anuncie el rumor de la despedida que nos asedia cada madrugada. Es ese tiempo que ya no circula en las venas, esa travesía que se enfría en los huesos y se pierde en el bullicio arcilloso de las noches. Dime ¿todavía encuentras mis palabras a cada paso? ¿Aún arde la luz que huye de tus ojos y vuelve cuando te toca el frío? ¿Todavía pronuncias mi nombre cuando callan todas las respiraciones?

3.
En aquel tiempo eras real. Como las gaviotas que han envejecido desde entonces o como las pocas palabras que dijimos camino a Huaquina. No repetiré esas palabras. Mañana caminaré bajo otro cielo, entre otros bombos y helicones, y con otra botella de ron en el bolsillo. Seré libre como un pez o como el día que descubrí tu sonrisa. Mi suerte será una luciérnaga amenazando incendiar los pastizales de Juli.

4.
Aquella vez poseíamos todo el amor del mundo: su humus nos cubría el cuerpo y los sentidos. Pero nada podía escondernos completamente. Al día siguiente otra luz nos inventaba en cualquier calle del vecindario repitiendo las mismas palabras: “Ata mi cintura con esa trenza desconsolada y escribe mi nombre en tu cuarto sin ventanas. Abriga el aire helado, que languidezco como un colibrí entre las ortigas. Recuerda que yacía olvidado en las aguas del Río Salado”.

5.
A tu lado mi apariencia se ha extendido como la forma de tus sueños. Ha sido purificada en las mágicas ceremonias que se consuman en las cimas y faldas de aquellas cordilleras que cobijaron mi corazón nómada. Al fragor de las fiestas patronales, aquel mismo día, sin una palabra que redima tu amor esquivo, te dejé en la hornacina de mármol que construí en silencio, para que algún día otros peregrinen en tu nombre desde lugares remotos.

6.
Ahora, no sé si el asfalto de una ciudad lejana queme tus pies y tu corazón persista en la turbación de los instantes iniciales. O volvamos de pronto, locos y libres como orugas en el pajar. (Todo es posible. Como la invención de las noches y los días a tu lado). Imagino las bancas vacías de la plaza, tus cabellos destrenzados por el viento y tu silueta dibujada por la locura de la lluvia. Pero ya no seremos los desterrados hijos de Eva cuyo silencio cómplice era hermoso como el paisaje y blanco como la nieve, parecido a los ojos de los que hablaba Dina, en cualquier fiesta del pueblo.

7.
Un día no recordaré nada. Ni tus trenzas negras ni los caminos donde crecía la soledad como una extraña mirada. Incluso olvidaré las bancas de los templos y los rostros de esos ángeles que dibujaban cruces en el aire. (Por ellos supe de tu piel recogida por el viento y mi nombre desconocido en las páginas de la Biblia. Supe que la tierra es un mismo camino por donde transitan, solitarios, los mismos hijos de Eva).

8.
Es verdad que no somos profetas de nuestro silencio. Mi sueño es el único camino que no te prometí. Por eso será fácil olvidar la oscuridad que me habita aunque tropiece con los mismos caminantes otra vez. Cuando tu canto lejano enrede la razón, sólo hablaré del milagro concebido al borde de una playa agitada: de mi cuerpo lánguido sobre las estribaciones de la inmensidad collavina y el granizo clavándose en mis costillas, erigiste mi lasciva desnudez.

9.
Hoy, veinticuatro de este mes, tengo ese olor a hierba silvestre que no me atreví a tomar y dejé que el viento la tendiera entre los peñascos. Ya no soy el que llama a los vientos como los cernícalos de la tarde sólo para que cobijes tu rostro entre mis brazos, ni somos ese remolino pasional llevándonos al mismo cielo. Pero basta un minuto de silencio para que pronuncie lentamente tu nombre y oiga tus palabras que sobreviven, pese a las piedras abandonadas por el tiempo.

Tomado de:
http://walterbedregal.blogspot.com/

domingo, 17 de junio de 2012


Día del padre

En el día del padre este poema de uno de los más grandes poetas de la generación del 50. PABLO GUEVARA, (Lima, 1930-2006). Ha publicado: Retorno a la creatura (1957), Los habitantes (1963), Crónicas contra los bribones (1967), Hotel del Cuzco y otras provincias del Perú (1971), Un iceberg llamado poesía (1998), entre otros.



MI PADRE
                      UN ZAPATERO


Tenía un gran taller. Era parte del orbe.
Entre cueros y sueños y gritos y zarpazos,
él cantaba y cantaba o se ahogaba en la vida.
Con Forero y Arteche. Siempre Forero, siempre
con Bazetti y mi padre navegando en el patio
y el amable licor como un reino sin fin.
Fue bueno, y yo lo supe a pesar de las ruinas
que alcancé a acariciar. Fue pobre como muchos,
luego creció y creció rodeado de zapatos que luego
fueron botas. Gran monarca su oficio, todo creció
con él: la casa y mi alcancía y esta humanidad.
Pero algo fue muriendo, lentamente al principio:
su fe o su valor, los frágiles trofeos, acaso su pasión;
algo se fue muriendo con esa gran constancia

del que mucho ha deseado.
Y se quedó un día, retorcido en mis brazos,

como una cosa usada, un zapato o un traje,
raíz inolvidable quedó solo y conmigo.
Nadie estaba a su lado. Nadie.
Más allá de la alcoba, amigos y familia,
qué sé yo, lo estrujaban.
Murió solo y conmigo. Nadie se acuerda de él.


De Retorno a la creatura (1957).

sábado, 16 de junio de 2012



Letras del Lago Nº 18
Revista de literatura y otras heterodoxias.
(Puno, Año 11, Nº 18)


Dedicada casi íntegramente al poeta puneño Darwin E. Bedoya Bautista, ganador del XV Bienal de Poesía “Premio Copé Internacional 2011”. Publicamos la reveladora entrevista concedida a la revista, además de poesía inédita de El libro de las sombras, con el ganó el Copé y cuentos inéditos del libro Bosque de luciérnagas, con el ganó el Primer Premio Horacio 2011.
Asimismo incluimos: POESÍA: Andamarca de John Martinez. CUENTO: En la lluvia del hombre y del mar de Víctor Villegas Arias. RESEÑAS DE LIBROS: El Elegido de John Martinez Gonzales. Todas las sangres en debate: Científicos sociales versus críticos literarios de Dorian Espezúa y !Soi Indio! Estudios sobre la poesía de Efraín Miranda. LA MEMORIA ESCRITA: La concepción religiosa de Vallejo de Gustavo Gutierrez. Y, en la urticante y siempre bien informada columna ICHUS AL VIENTO: COPÉ de Darwin Bedoya, MUNILIBROS: Des-fondos y trasfondos y Dorian, Juan Carlos y Guissela en Puno.
Adquiera esta nueva publicación literaria sólo en el CENDOC del Gobierno Regional de la ciudad de Puno. Colabore y difunda.
 
Luis Pacho/ Victor Villegas Arias
EDITORES.
Puno, abril de 2012

martes, 12 de junio de 2012




La Geografía poética de Luis Pacho



 Por Boris Espezúa Salmón
 

“Geografía de la Distancia de Luis Pacho, nos trae una muestra clara e indiscutible lograda de cómo se viene realizando poesía pluralista y alternativa en los últimos años en Puno y el país. Este trabajo no es solamente una aventura por abordar una experiencia sobre el texto mismo, teniendo en cuenta que la tradición puneña es única y trascendente en ese sentido con Oquendo de Amat por ejemplo, sino que además es el impulso de responsabilidad a lograr una síntesis entre el diseño mismo del texto poético y su contenido literario. Luis Pacho experimenta con mucha fortuna el trabajo del ritmo, que conforme a Octavio Paz, no es simplemente un estrato fónico, es decir una estructura de sonido que debe analizarse en división al significado; el ritmo no sólo es el tono, acento, repetición de los sonidos; no es la separación en sílabas tónicas y átonas; no es la melodía, no es la cadencia. Las palabras poéticas en Pacho son un universo de unión y separación, de flujo y reflujo de palabras que se atraen y repelen en función a la consagración de las imágenes poéticas, por lo que sus poemas poseen un carácter indivisible del lenguaje, cada uno de sus poemas es una totalidad cerrada de integralidad en sí mismo, pero abierta en su expresión de belleza y reflexión.

La poesía de “Geografía de la Distancia” es cosmos y tiempo original, no es algo que está fuera de nosotros, sino que somos nosotros expresándonos. No es medida, es visión del mundo, es descubrimiento, no encubrimiento. La poesía como lo concebía Hegel es la fundamentación ontológica, es inseparable de nuestra condición humana, donde los seres humanos perpetuamente vivimos recreándonos y renovándonos. No se piense que la poesía de Luis Pacho es nueva, en su temática y el uso correcto del oficio y desde su paso por muchas fuentes poéticas, tiene una carga histórica milenaria, sin embargo es una poesía joven que da el ejemplo a sus coetáneos, porque para Luis Pacho, la poesía no es fruto de inspiración, sino de labrador y artesano, y que este su primer libro es un logro rotundo de un esfuerzo, de un desgarro. Una visión reveladora del universo y de uno mismo.

El trabajo poético en el autor, tiene que ver por un lado con la continuidad de la tradición poética puneña, en él está Alejandro Peralta y el influjo de Oquendo de Amat, también podemos notar la influencia más actual entre el coloquialismo anglosajón con poetas que en el país tienen singularidad como Pablo Guevara o Luis Hernández. Por otro lado su poesía, tiene que ver con tres móviles que parecen inseparables: un asedio a la palabra que sólo tiene sentido poético a través de la metáfora; una inocultable nostalgia, que lleva al autor a expresarse con una aguda ternura y un hilo de voz humanísimo y dolorosísimo; finalmente un contexto de orfandad donde las injusticias y las desigualdades que agobian al autor, le permiten tener una visión madura como la espiga del atardecer.

Considero que la mejor presencia de la nueva hornada de poetas del Sur del país, reconocerán el espacio que abre Pacho, y a no dudarlo celebrarán su logro. Aparentemente su obra está exenta de historia y sentido social, sin embargo nada más equívoco, porque mas bien se trata de paradojas de su lenguaje poético, porque en sus versos hay una soterrada convicción social, cuando leemos por ejemplo: “Metido en esta frígida mañana, yo también encuentro mi propio vacío”, “más allá de las llagas, yo encendí la noche de luciérnagas”, “en el fondo de este país bulle un eco olvidado”. Se trata de un poeta que se ha forjado como maestro y ha mordido la tierra y la marginación, y cada poema suyo es una relación mágica con el mundo real y lo que queremos de ella.

La poesía de Luis Pacho es una reafirmación de auténtica poesía, un develamiento y consagración por la palabra, una arquitectura hecha de sueños y del lomo llagado, poesía panteísta que desbroza naturaleza y labra arco iris. El poema “Geografía de la Distancia” que alude el título del libro, es una pieza total de una auscultación connatural que tiene su propio movimiento vivo y mágico, un mural verbal de pinceladas incrustadas de colores, un ofrecimiento de armonía entre el alba y el crepúsculo.

La poesía puneña sale ganando con aportes como de Luis Pacho que combina estética, pasión y singularidad. Poesía que alterna la intensidad de la vida con la fatua existencia. Poesía que se levanta del deseo en acción y no de la derrota. Es un acercamiento a lo sagrado con la rosa espinada de espanto y de asombrosa originalidad.
 

(De ARTEIDEA Nº 09 Revista de Cultura. Lima, junio/setiembre, 2004).

sábado, 9 de junio de 2012




Rescribir la memoria del olvido: La poética de Victor Villegas.



darwin bedoya



Hay quienes imaginan el olvido / como un depósito desierto/
una cosecha de la nada y sin embargo/el olvido está lleno de memoria.

Mario Benedetti


I


Creo que ha pasado un buen tiempo durante el cual vengo insistiendo en que la literatura puneña última está en crisis por un sinnúmero de razones. Por decir lo que pienso, más de una polvareda se ha levantado en las conversas o, tertulias, según sea el caso, y mi nombre ha sido motivo de riñas y comentarios que no sería bueno repetir. Pero, ¿en qué me baso para proferir tales blasfemias e injurias a la última literatura puneña? Simplemente en la proliferación de poemarios y «plaquettes» que no llegan a ser tales y, en el abuso de las pretensiones de sus autores. Sumemos a lo anterior que el pobre espacio que resta en las mesas de novedades es acaparado por libros piratas que en la mayoría son textos de autoayuda o «best sellers» que corresponden a otro contexto y a otro tipo de lectores y a otra literatura.

Sin embargo, en medio de esta oscuridad, hay cosas que también hay que decirlas. Por ejemplo que la historia de la poesía puneña contemporánea ha sido particularmente proclive a «ser escrita» bajo una determinada y muy sesgada Historia Literaria, hecha de olvidos y exclusiones. Hecha de amiguismos y compadrazgos. Esta última literatura, me refiero esencialmente a la poesía y al cuento de finales de los años 80 en adelante, se ha dedicado a dictar un texto homogéneo, una especie de canon maniqueo tan útil para las simplificaciones que se creen académicas o escolares como pernicioso para un acercamiento libre del lector. La pugna entablada por los «estudiosos» o antólogos entre docentes de tal o cual universidad y fragmentos minoritarios agrupados en torno a revistas y el sector de poetas, por llamarlos de alguna manera, canónicos, ha marcado desde siempre una polarización que, prolongada con el triunfo o el abanderamiento de ciertos grupúsculos (al estilo de sus limeñísimos pares) ha logrado dejar de lado nombres y libros importantes de la poesía puneña. En el otro extremo está la ambición o miopía extremada de estos «estudiosos» al punto de incluir en un libro a todo el mundo, con tal de satisfacer una amistad o, en el más terrible de los casos, con tal de «hacer» o publicar un libro voluminoso, y lo que se obtiene al final no es sino un conjunto de escritores de toda calaña, incluyendo de ese modo a los que deben estar junto con los que nunca deberían estar.



II
Cualquier consideración sobre el papel o la representación de la violencia temática en poesía nos ha de conducir a una reflexión paralela acerca de las relaciones entre sociedad y literatura en un contexto concreto. Las manifestaciones de violencia en literatura son otro rubro y consecuentemente son enormemente variadas; ni su descripción ni su exaltación escasean en el patrimonio verbal de la humanidad, desde la Biblia y la Ilíada en adelante. Pero a partir de ese idealismo biempensante que nace con la Ilustración e intenta purgar las «bellas letras» de elementos moralmente reprobables para centrarse en el desarrollo de equilibrios clásicos, encontramos que la violencia aislada e ilógica queda postergada a los márgenes de lo literario, pues sus manifestaciones más crudas chocan con los ideales de serenidad, armonía, dignidad, decoro, contención y belleza; a menudo suponen precisamente lo opuesto a estos principios. Entre unos receptores de ánimo predispuesto por diversas formas de propaganda política, prejuicios y rumores, la emoción que estos poemas pudieran provocar tendría como fin último transfigurarse en fuerza destinada a la confrontación. La estetización de la violencia no debe ocultarnos que implica un proceso como resultado del cual algo queda destruido. La llamada a la violencia en la poesía de Villegas pasa por la exaltación de los instrumentos que sirven para ejercerla. El poeta invoca con frecuencia acontecimientos con los cuales, en una época determinada, quiso cambiar ideales y realidades. Creo que en Puno Simón Rodríguez y Victor Villegas son los poetas que estuvieron más cerca que nadie de los de nuestra generación que vivieron los avatares de la violencia política. Trasladando esa sintonía a la Generación de Fin de Siglo, diremos que en Puno fue Simón Rodríguez quien realizó una escritura poética marcando una sutil visión y re-visión de la violencia, mientras que Villegas, con este libro, explora la violencia de una manera más alejada de la sutilidad, las imágenes y la narratividad de acontecimientos entran, por momentos, en un dramatismo nostálgico, generando así una visión directa, más social y política de lo acaecido en los años 80 y 90 en nuestro territorio.



III
Es este libro articulado por tres secciones «Señor de las aguas» (Fragmento dedicado a Wiracocha), «Los cántaros del agua» (Revisión y memoria de la violencia), «Relámpagos del agua» (Homenaje a la Ciudad del Lago e Inmolación de Domingo Cruz Purhualla), se amoldan a un solo asunto: la reescritura de la memoria, tanto en sus movimientos anímicos como en sus acontecimientos materiales. Son poemas llevados a lo fundamental: resaltar los sucesos ocurridos en un momento anterior, el tiempo del miedo.

Esa atracción, contradictoria y casi imposible, convierte la experiencia del mundo en un imán y en un relámpago: es el laberinto del cuerpo y su sentir. En la hoja en blanco y con la guía transparente y dulce del agua, la voz poética avanza hasta su propia raíz en espirales hacia la claridad que carece de nombre, como se afirma al final del libro. Pero este libro también tiene varios protagonistas, tal como hemos mencionado; pero está antes que todos: Domingo Cruz Purhualla. Estas tres secuencias nos muestran también que lo más llamativo es quizá su rescate del espacio mitológico que hace Villegas, ese espacio visible en su resplandor arrebatado, su mundo de asociaciones libres que suponen cosmogonía y terredad. Entonces aparece el poema como palimpsesto donde se inscriben versos y motivos ajenos (del mito, de las leyendas de la oralidad) y la lectura de la vida a través de los filtros que el autor ha tenido.

Destacan también los ejercicios de la traducción de las imágenes a palabras (écfrasis), una subversión aún activa de las vanguardias, en cuanto que rompe el orden discursivo como representación del logos; y también, a la inversa, la plasmación visual de las ideas. Aquí están, por lo demás, su universo amoroso, una cierta entonación hímnica teñida de elegía en algunas remisiones al contexto laboral, y la concepción de la poesía en tanto que realidad autónoma que se dice a sí misma y que se aparta de la utilización de las palabras como meros instrumentos para comunicar. De modo que «Relámpagos del agua» supone para el lector una especie de «reconocimiento» de Villegas: algo que debe subrayarse, pues en los «últimos tiempos» no es tan fácil de decir ni de lograr.



IV

En «Relámpagos del agua», se encuentra la sucesión del ímpetu, como un asunto vertebral que graba el libro, que se torna en su tensión interna y externa. Entonces deja de ser un texto cuyos poemas sean independientes entre sí, y se torna en una fuerza que está atravesado por una columna vertebral que relata la historia de una amistad. Una historia que se alza contra la muerte y eleva al infinito la esperanza y el afecto, porque en el discurrir se podría pensar que cada vez que este libro sea leído, la muerte se alejará más y más de nosotros, como borrando la imagen del desconsuelo. Aquel hombre que transita por estos versos intenta contener su partida. Este libro es un lamento lanzado al universo, un reclamo a los astros, un dolor luminoso que busca consuelo. La experiencia poética de Villegas es en sí misma un redescubrimiento de la memoria, del mundo más allá del olvido, un quitarle terreno a esta muerte. Dice E. M. Cioran: «que empleamos la mayor parte de nuestras vigilias en despedazar con el pensamiento a nuestros enemigos, en arrancarles los ojos y las entrañas, en presionar y vaciar sus venas, en pisotear y machacar cada uno de sus órganos, dejándoles únicamente, por lástima, el placer de su esqueleto. Hecha esta concesión, nos tranquilizamos y, hartos de fatiga, caemos en el sueño. Reposo bien ganado después de tan minucioso encarnizamiento.» En cambio Villegas ha sabido sacar desde la memoria la conmemoración, el afecto, el sentir de un héroe que ha sabido calar más allá de la memoria. Casi contrariamente a lo que dice Max Scheler: «El sentimiento de venganza, la envidia, la ojeriza, la perfidia, la alegría del mal ajeno y la maldad, no entran en la formación del resentimiento, sino allí donde no tienen lugar ni una victoria moral (en la venganza, por ejemplo, un verdadero perdón), ni una acción —respectivamente— expresión adecuada de la emoción en manifestaciones externas, [...] si no tiene lugar, es porque una conciencia, todavía más acusadora de la propia impotencia, refrena semejante acción o expresión.» Pienso que «Relámpagos del agua» no sólo alcanza el estro de la reminiscencia, sino también la revisión de las páginas, los pliegues y las memorias para que ahora se conozca y se pueda tener una idea de cómo fue la época de los silenciamientos y los avatares donde la lucha, el descontento, otra vez afloran dentro de un conjunto de decisiones donde sobresalen aquellos puntos de quiebre en que la vida hacía guiños en direcciones contrarias, todo eso se somete al escrutinio del sujeto poético como testigo.

El tema del olvido como forma de recuperación y persistencia será una constante en la obra de Villegas y, sin duda, una de sus principales peculiaridades será que nos encontramos ante un olvido de raíces históricas, es decir, no limitado a las vicisitudes de la vida, a las experiencias traumáticas o a las fantasías de evasión del individuo, aunque todo ello no deje de confabular en la experiencia poética que nos presenta el autor, sino que las formas del olvido tal y como las asume el poeta constituyen una forma de repulsión y rebeldía, una suerte de reescritura transgresora cuyo único fin es desestabilizar los poderes y sus productos, esto es, el régimen político de los años ochenta y su versión de los hechos en su expresión presente. El olvido será para el autor una potencia de reescritura que el poder que alguna vez pudo haber tenido la violencia sus construcciones aprendidas, porque la escritura del olvido actuará a modo de contra-escritura, como una no-escritura, sin la sintaxis de la oralidad de los hechos y sin los estigmas de la sucesión, la causalidad y la estructura del relato. La escritura del olvido se escribirá en ese intersticio, en ese espacio intermedio entre lo recordado y lo no-recordado, en ese quicio en donde las cosas serían transparentes: «Querido viejo de las mañanas rojas, tantas veces izamos el rostro del lenguaje y de su nombre [...] No lloran tus ojos, ni ríen los surcos, hay nuevas furias, la hora se aleja y se va con la noche vestida de lluvia la final de la ciudad. Nuestra célula vive en el canto de las alas y en la de la noche cashua de los guerreros de Capachica.» Los cántaros del agua p.35.

El poeta se verá empujado a «atravesar el olvido» hasta llegar a «los desvanes de la infancia», lugar recóndito de la memoria, semilla para esa memoria blanca: «El latido de la semilla arrojó al cielo una mecha muy erguida/ y de la mitología de los héroes que creció en la Ciudad de las Letras. / Y de ese cielo vestido el paraíso del subversivo.// Mis cantos son los ecos de la herida en el agua, / y las cañas guerreras del búho nos han dejado la vida.» Relámpagos del agua, p.54. El régimen dictatorial que le tocó vivir a nuestro autor se habría servido del olvido para deshabilitar la memoria histórica y reescribir el pasado reciente de los supervivientes al desastre de la violencia política y todo lo que hicieron los alzados en armas. El nuevo relato del mito y de la sutil alegoría subversiva estaría reflejado en estos versos, especialmente el lugar desplazado de la queja o de la rebeldía más simple, para entregarnos, mediante ese desvío del «olvido del olvido», una certeza que, hasta cierto punto, constituye la ausencia de una verdad impostada, una retórica lírica construida contra ese espacio de la realidad que es siempre una herencia impostada, un relato vivido para el caso del poeta.

Entonces, «Relámpagos del agua» constituye un libro que contiene una carga potente de ideología y rastro político donde se reescribe la memoria del olvido. En estas páginas habita la miticidad donde también están pintadas no solemente las épocas, sino también las eternidades y los lugares que remiten a este ande peruano en el que vivimos. Villegas ha logrado con este libro rescatar un ciclo que casi estaba en la trastienda de la desmemoria. Pero aquí estan los versos, aquí están los muertos, con su voz, con su canto, con su vida por encima de la muerte. Es éste el doble significado de margen en este texto: por un lado el exacto lugar donde nace la poesía (al lado de lo ya escrito, junto a ello, a veces contra ello, siempre un poco fuera, ocupando el blanco que deja la página, el hueco donde respira el silencio, donde no hay líneas, en esa meditación de lo por otros dicho y esa escucha de lo no pronunciado) y por otro la marginalidad, a la que está condenada por quienes fijan el orden inmutable del texto.



Tomado de:


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walterbedregal.blogspot.com/