sábado, 14 de julio de 2012



 R A F A E L


Ha pasado un año desde que Rafael Vallenas Gaona, nos dejó. Su partida aún nos duele a quienes fuimos sus amigos, alumnos o compañeros de ruta. Pero, me cuentan que en sus exequias (luego lo pude escuchar en las grabaciones de los medios de comunicación), “alguien” o “álguienes” se comprometieron a editar sus cuentos, su poesía o sus artículos jurídicos que están desperdigados en revistas, internet, etc. Sin embargo, ha pasado algo más de un año, y nada. ¿La muerte es siempre el olvido? ¿Esa promesa, fue un mero discurso para congraciarse con el dolor de su familia y el momento? Bueno. Urge su publicación. Por ahí se anuncia que la UNA- Puno (coordinado por José Luis Velásquez Garambel), editará su libro de relatos. En hora buena. En su recuerdo, aquí va la nota que publiqué en el diario Los Andes el año pasado, así como uno de sus cuentos que publicó en la revista Pez de oro del año 2005.









Las huellas de Rafael Vallenas*



La primera imagen que tengo de ti, es cuando eras estudiante de la Unidad San Carlos, el alumno excelencia que fuiste aquellos años de inicio de la década de los ochenta. Entonces yo formaba parte de esa oleada de muchachitos que dejaban los pueblos del altiplano o el medio rural, para procurarnos una “mejor educación” en la ciudad de Puno, al que muchos llegamos por primera vez. Por aquel entonces, lo urbano y lo rural eran todavía dos espacios bastante diferenciados. Fíjate, Puno mismo tenía sus fronteras y sus distancias. Muchos años después, volví a verte en la Facultad de Derecho en la UNA de Puno, allá a finales de los años noventa: tú eras mi docente y yo tu alumno. Pero esa aparente distancia, pronto habría de disiparse.
Acostumbrados a la formalidad de muchos de nuestros docentes, algunos de ellos magistrados, otros abogados de familias tradicionales de Puno, la verdad es que aquella primera vez que nos invitaste a tu casa luego de la presentación de la revista Consejero del lobo y el recital de poesía, fue descubrir un ser humano sencillo que nos mostraba su pasión por la literatura. Aún parece que tengo en el paladar el vinito caliente que nos serviste mientras charlamos de libros, poesía, narrativa y no se qué temas más, hasta que las primeras luces del alba nos fueron despidiendo uno a uno. El resto es historia. De modo natural se fueron sucediendo las tertulias en la Casa del Corregidor, el taller de literatura en la Facultad de Derecho, los recitales de poesía y lectura de cuentos, tus artículos literarios en la revista Pez de Oro, tus sueños por materializar una editorial cuando fuiste Decano. En fin, todas las innovaciones que te planteaste y soñaste.
En realidad, creo que nunca te hiciste problemas por tener amigos que fueran tus propios alumnos, lo que tampoco era un problema a la hora de poner las notas del curso que dictabas, porque a varios les esgrimiste el lapicero rojo, como tenía que ser. Mientras bosquejo estas líneas desde un lugarcito de Juli donde trabajo como docente de secundaria, repaso las veces que pasamos hablando de cine, rock, Derecho y sobre todo literatura. Casi siempre literatura. La verdad es que quise elucubrar un discurso grandilocuente, no miento si te digo que hasta preparé una hojita para leerlo el día de tus exequias. No lo logré. Más pudo la nostalgia por la partida de un amigo y docente, y ese papel escrito se pierde en la lejanía con el vaivén del viento. Pero ahora que nos dejas, ¿qué queda de ti? Vitalidad Rafo, el sentido del humor elegante, tu amistad, tus conocimientos y esa conocida irreverencia para con el status quo establecido. Aquellos años de la universidad, eras nuestra especie de héroe anónimo frente al dogmatismo de muchos docentes de la Facultad. Ya a finales de los noventa, había dos flancos visibles: de un lado estaban nuestros ilustres docentes que representaban la enseñanza tradicional; y, por otro lado, una línea caracterizada por la visión más contemporánea del Derecho y, por eso mismo, con un aire más renovado en su concepción y enseñanza. De este último eras la cabeza, el mentor, el rostro visible, indudablemente. Lo cierto es que te admirábamos, porque para algunos de tus alumnos del turno de la tarde, eras generacionalmente nuestro coetáneo. Nos deslumbraba la solvencia académica con debatías y polemizabas con cualquier expositor o ponente de la universidad más pintada del país, sea en Puno o en cualquier congreso de Derecho al que asistimos. Era increíble la capacidad con que podías pasar del Derecho Constitucional o el Derecho penal, o escribir cuentos, poesía e incluso hacer crítica literaria.
Sé que el Jr. Lima donde te veíamos, las aulas de la Facultad de Derecho o los pasillos fríos de la Corte Superior de Justicia, cobijarán tu imagen. Dicen que el hombre que sabe más, es el más sencillo. Eso fuiste Rafael. Tu figura vital y amical, vivirá entre nosotros. Esa sencillez y sinceridad muy rara, especialmente entre los abogados que tienen el ego bastante sublimado en la mayoría de los casos. ¿Fue la literatura que te hizo así? ¿Los conocimientos que oteaste en tu prolífica biblioteca? ¿Los valores que te infundieron desde el hogar? ¿Los efluvios tiernos y dulces de Doña Elsa, tu madre? ¿Tal vez tu paso por las aulas escolares de la Unidad San Carlos o María Auxiliadora? ¿La Universidad Católica Santa María de Arequipa? ¿La docencia universitaria? ¿Tu paso por la judicatura? ¿Tu pasión por la música clásica y la radio? ¿O todo eso a la vez? Y es que en realidad, eras varios mundos a la vez. Creo que ningún tema te fue extraño. ¿Derecho? ¿Ambiental? ¿Derechos Humanos? ¿Constitucional? ¿Penal? ¿Literatura? ¿Poesía? ¿Narrativa? ¿O la política misma, cuando te postulaste como Teniente Alcalde del movimiento político que tenía la mejor propuesta técnica de desarrollo para el municipio de Puno?. “Algún día fundaré el Partido Verde del Altiplano...” dice la primera línea de tu cuento El cura verde publicado en la Antología de poesía y cuento puneño de Fin de siglo de la revista Pez de Oro del año 2005. Esos cuentos de temática ambiental y ecológica, en realidad emparentaba perfectamente con tus ideales, con todos tus anhelos, tus sueños y tu pelea desde la intelectualidad por la preservación, la defensa y conservación del medio ambiente. Artículos jurídicos y cuentos formaban parte de una cruzada ¿personal? Un socialista verde, como decías. Desde luego, ese espacio, es también un foro; pues, en este Puno de historia, tradición y leyenda, pervive la creencia de que sólo las calles son la trinchera de lucha por la defensa de algún derecho. Contigo y con otros muchos, entendimos que incluso la literatura es un medio, sin que lo uno esté reñido con lo otro.
La última vez que te vi, fue en uno de los días del paro aymara último, precisamente en los pasillos de la ciudad Universitaria. Yo iba con nuestro común amigo José Luís Velásquez por una diligencia de trabajo, y tratamos de hablar nuevamente de literatura, los últimos proyectos, de los libros que deben guardar tus horas de insomnio, tus sueños encontrados y olvidados y muchos latentes aún. Hablar nuevamente de tu pasión por la música clásica combinada con temas de cultura, y tal vez recordar el programa radial que dirigías en Megaestéreo. Pero, aquella tarde, luego que nos presentaste a esa mujer hermosa que te acompañaba, te perdiste en los pasillos fríos de aquel pabellón donde están varias oficinas administrativas de la universidad. Pero esa es otra historia. Lo cierto es que contigo se va un narrador de la generación del noventa. Se va un amigo, un activista cultural, un ser humano preocupado hasta la médula por la ecología y el medio ambiente. Yo, al menos, no conozco a alguien en Puno que sepa al dedillo el tema de la legislación ambiental.
Ahora, en este viaje de Juli a Puno, mientras discurren pampas, cerros y casas desperdigadas a lo largo del trayecto. Luego de estos minutos recorridos en silencio, luego de tratar de quitarme el sol de los ojos que ya es naranja detrás del Cancharani, viendo el lago que luce contaminada en la bahía, pensando que realmente todo lo que mis ojos ven pueden ser verdes; medito en la fragilidad del ser humano, en la vida que puede irse en un abrir y cerrar de ojos. Y vuelvo a pensar en las tertulias, en tu andar por el Jr. Lima de la ciudad o tu presencia en la Facultad de Derecho de la UNA de Puno. Como numerosas veces, ahora mismo veo que entras al auditórium, miras al público y te vemos leyendo tus poemas, contando tus cuentos o exponiendo una de tus tantas ponencias jurídicas. Así te vimos y oímos, así seguirás siendo para nosotros: un hombre inventándose día a día, a fuerza de emociones, conmociones y asombros. Una imagen que será eterna en nuestra memoria, porque ciertamente fue un privilegio ser tu alumno y amigo Rafael. Hasta pronto.

* Publicado en el diario Los Andes de Puno (10/07/2011)



   

El cura verde


Por Rafael Vallenas
 

Algún día fundaré el Partido Verde del Altiplano...

Luego de lavarse la cara quería reconocerse en el espejo. Se observaba una y otra vez, como alucinado. ¿Era el mismo sacerdote católico de siempre? ¿El mismo de hace diez años? ¿El mismo de hace tres años? ¿El mismo de hace un día? Era un hombre al servicio de Dios. Aunque Dios y sus misteriosos caminos; hasta hoy, nunca le dieron la oportunidad de saber si era correcto lo que hacía...

1
Siempre fue un niño engreído. Siempre se salía con la suya: El traje nuevo del niño, el colegio del niño, los amigos del niño, todas las cosas del niño siempre eran elegidas antes que los adultos supieran. Lo demás era un juego de muecas, malhumor, berrinches y llantos conmovedores hasta conseguirlo. Todo parecía seguir un curso ordinario de satisfacción de sus propios deseos hasta que estaba por llegar la hora de San Marcos, diez minutos para las cuatro de la tarde y, por primera vez, no consiguió que lo aprobarán en religión el ultimo año de secundaria.
Decidió reclamar su nota de nueve sobre veinte a su profesor. Era mil novecientos noventa y su profesor era un izquierdista ultraísta de la teología de la liberación con cuarenta años de servicios, la mayoría como castigo por sus ideas. Fue reprendido por el reverendísimo padre y mentor que ante sus reclamos. El Curita le explicó, a mal querer y con prueba en mano, que el misterio de la Trinidad no estaba en la memoria de los cristianos, ni en la repetición del Credo de Nicea. El niño aún denuncia que el Credo de Nicea recusa costó mucha sangre de cristianos hace mil quinientos años. Era obvio que fue reprobado por poner de memoria el credo y no poder explicarlo. El gracioso profesor y sacerdote diocesano, le dio tres días para que razonara con el corazón...y Miguel Gabriel lo hizo al quinto día, diez minutos para las cuatro dela tarde.
El misterio de la trinidad estaba en entender tres atributos o manifestaciones de un Dios que siempre era el mismo (y por cierto, a este Dios no le gustaba la quietud). Su corazón se llenó de alegría. Había comprendido el misterio pero, además, sintió una fuerza que dentro de su pecho llamaba por hacer algo, algo que no podía explicar. Miguel Gabriel no pidió un nuevo examen, fue más allá de sus propias expectativas. Suplicó que lo admitieran en el Seminario de Juliaca. La historia aquí se parece a la de muchos los curas: pasó las entrevistas, leyó quinientas veces el Evangelio de San Marcos, entró en permanente oración, participó de innumerables retiros y tuvo que reconocer que toda su vida tenía diversos mensajes divinos en su aspiración interior y en su voluntad de dejar toda su majadería de niño engreído, por fin, fue aceptado.

2
Miguel Gabriel recordaba que era un seminarista poco menos que extraño:

-         Tenía una vida casi disciplinada donde se le permitía orar de lunes a viernes Vísperas, Completas, Primas, Albas, Tercias. El cansancio, a veces es mas fuerte que la voluntad, llegaba nonas y Miguel Gabriel con los ojos rojos se desplomaba de sueño en la capilla.

-       Sus fines de semana con los Monjes Benedictinos de Chucuito, cantando y degustando un latín pulcramente pronunciado, hacían que la música sea una de sus formas de entender la perfección del universo y un don de Dios. Repetía orgulloso “quien canta, ora dos veces”

-       Sus días largos de estudio, siempre enmarcados por su afición maniática a la Cristología, materia que vinculada a Dios como un ser humano. Su filosofía era siempre de volver a unir a los hombres con Dios justo y amante de la Creación.

¡Ay de la creación! Sus viajes de Juliaca a Chucuito siempre fueron más dolorosos que Dante atravesando el purgatorio y el infierno para Miguel Gabriel. Siempre pensó que si hubiese sido un ángel hubiese perdido todas sus plumas de tristeza en los últimos diez años:

-       La fabrica de Cemento Sur en Caracoto cambió la pampa verde en un desierto plomo y los niños carita de manzana pasaron a tener caritas verdes de chirimoya,

-        Los cables a los costados de la carretera hicieron de la vieja carretera una línea inaudible

-        Muchos de los trabajadores de carreteras que siempre parchaban trozos de pista murieron de cáncer por tanta brea y contaminantes

-        La ciudad de Puno tenía un lago verde que solo se limpiaba para las campañas municipales, y,

-        Al final, Chucuito creció de tanto hormigón y cemento que los hoteles de dos pisos pasaron a ser edificios de treinta pisos con cada vez menos árboles.

Ni siquiera el demonio con toda su crueldad habría imaginado acabar de esa forma con la creación de Dios.

3
Miguel Gabriel ofreció sus votos hace cinco años, un día catorce de febrero. Su ceremonia fue sencilla porque no podía entender como Dios y el Papa designó un Obispo Opus Dei en un país tan pobre como el Perú. “¡Opus Diaboli en la senectud de Juan Pablo II!”  comentó.  Miguel Gabriel dejó de ser un cura izquierdista creyente en la Teología de la liberación para ser un cura ambientalista desde sus votos hasta el día de hoy. Siempre quiso explicarse por qué Dios le ponía pruebas tan duras, y así se inició como el párroco de la Rinconada en Ananea.
No duro mucho en Ananea, cincuenta cooperativistas y dos empresas mineras lo denunciaron por ponerse en una huelga por las condiciones de trabajo de los mineros. Lo mandaron donde hace más frío en las Minas de San Rafael, y al pedir ayuda para los enfermos de cáncer a los pulmones, también lo echaron de Quenamari, pasó a Patambuco y casi lo matan por oponerse a la esclavitud. Entres estas y miles de historias, hubo de recibir una paliza que hasta ahora lo tiene caminando como Ignacio de Loyola en París: reservado pero nunca, nunca rendido a las imposiciones de los hombres, ganando uno que otro compañero como adepto a su nueva forma de ver la fe y el profundo sentido de la misión personal. Pero Miguel Gabriel no era Iñigo, tampoco podía resistirse al prudente debido cuidado de lo que hace y dice, creía ciegamente en sus deberes impuestos por un Dios que lo hacía ver como maltrataban la creación.
Su tenacidad no fue bien vista por la Iglesia conservadora y en manos del Opus Dei como tampoco encajaba en el aggiornamiento de los curas izquierdistas más radicales de la Teología de la liberación. Ese trajín terminó cuando la mayor amonestación del Obispo incluía la obligación incuestionable de dar su voto de silencio por tres años para poder asumir una parroquia.

4
Miguel Gabriel recordó el aniversario de sus votos y también su tercer año de silencio. Gracias a Dios y los Santos no tenía restricción de escribir. Así, durante meses y meses tuvo una inconmensurable correspondencia y muchos amigos por Internet. Concluyó su castigo y antes de pronunciar palabra alguna tenía que entrevistarse con el nuevo Obispo a fin de dar cuenta de la fidelidad a sus votos. Esa mañana, luego de lavarse la cara quería reconocerse  en el espejo. Se observaba una y otra vez, como alucinado. ¿Era el  mismo sacerdote católico de siempre? ¿El mismo de hace diez años? ¿El mismo de hace tres años? ¿El mismo de hace un día? Era un hombre al servicio de Dios. Aunque Dios y sus misteriosos caminos; hasta hoy, nunca le dieron la oportunidad de saber si era correcto lo que hacía...

5
Fue caminando por la Calle Lima, subió por la calle Deza, frente de la Catedral se persignó, entró al Obispado, esperó en silencio una hora, el Obispo sin palabra alguna le entregó el documento por el cual asumía la Parroquia de Jallihuaya. No hubo explicaciones y sólo presentó un informe por escrito con tres años de silencio y muchas obras de bien para nombre de la Iglesia Madre. Miguel Gabriel se sintió feliz, porque apenas recibió dicho documento le sacó una copia y lo adjunto a un grupo de papeles y sonrió diciendo: “Gracias Dios mío por hacérmelas difíciles, otra vez”

Mientras caminaba del Obispado al Palacio de Justicia con un inesperado tropiezo en la gradería del frontis de la catedral, se cayó una página de su fólder de documentos que decía:

“I. NOMBRE Y DOMICILIO DE LA ENTIDAD DEMANDADA:

Demando a la Municipalidad Provincial de Puno, con domicilio en Jr. Deustua 458, Plaza de Armas representada por su Alcalde Provincial.

II. PETITORIO Y MONTO DEL PETITORIO:

Pido que se resuelva declarando fundada la demanda con el siguiente contenido: Se disponga la reposición de las cosas al Estado anterior de la violación de los derechos ambientales, en consecuencia, se ordene el cese de actividades y desmantelamiento de la Planta de elaboración y concentración de Asfalto a cargo de la Municipalidad Provincial demandada, en la salida a Jallihuaya, en defensa del derecho de la colectividad a un ambiente sano y ecológicamente equilibrado de los pobladores de la jurisdicción de la Parroquia Jallihuaya. (...)”

Puno, febrero del 2004.

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Nota: Las fotografías han sido tomadas del blog:

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