domingo, 24 de junio de 2012




Algunas notas sobre Darwin E. Bedoya Bautista:
Ganador de la XV bienal Copé internacional de poesía-2011

 

La literatura puneña está de fiesta una vez más. El ganador de la XV Bienal de Poesía “Premio Copé Internacional 2011” es el poeta Darwin Eduardo Bedoya Bautista, nacido en Moquegua, pero asentado en Juliaca, Puno, donde es parte de lo que ha venido a llamarse Poesía de los 90’ o de fin de siglo.
Desde su llegada al altiplano, cargando sueños y buscando una ¿esperanza?, han pasado raudos más de 20 años, y Puno le dio amigos, hijos, un trabajo esquivo y tal vez lo más importante: un espacio fértil para la creación literaria. Esta tierra ciertamente subyuga, descorre la imaginación. Sus contrastes geográficos, que para el visitante puede ser agreste y difícil, es para el hombre andino un aliado más, incluso para el arte. Aquí hasta la helada inspira poesía. Y, ocasiones como ésta, es un pretexto para retroceder en el tiempo, a la instantánea que te remite al amigo y compañero de ruta. Después de la ruptura en la revista Consejero del lobo, faltaba alguien que formara parte del equipo de la revista Pez de Oro. La ocasión fue aquel memorable recital de los poetas de los 90’ llevado en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional del Altiplano. Al final del evento, unas palabras y una nota de la dirección nos pusieron rumbo a la ciudad de Juliaca, creo que dos semanas después. Luego de caminar por sus calles tortuosas y polvorientas, lo encontramos, detrás de un mostrador de un tallercito de electrónica, donde se reparaban televisores, radios y otros artefactos. Parece que en ese momento soldaba o cambiaba los fusibles de una radio vieja, al lado de libros de poesía y revistas de literatura. Luego del saludo y una gaseosa en la tiendecita a la vuelta de la esquina, le mostramos la primera edición de la revista, y sin titubear tuvimos en él, al compañero con quien podíamos caminar en esta patria común llamada literatura. Los demás, es casi historia.
Las incursiones literarias en revistas como Consejero del lobo, Pez de oro, La Rama torcida, El Katari, etc., nos ha mostrado a alguien que respiraba literatura hasta en las conversas más triviales. Siempre literatura. Muchas veces denostado por compañeros de la misma generación, o por alguna vaca sagrada de la literatura puneña, su escritura siempre evidenció ese afán de universalización, ya sea desde el cuento, ensayo, crítica o poesía. Darwin, tal vez como nadie, estaba al tanto de los cauces de la literatura peruana, latinoamericana y mundial. Así lo muestran sus artículos en distintos medios escritos y digitales y los libros de su autoría.
Sin olvidar a los finalistas y Copés de bronce, en poesía y cuento, este premio se suma al de otros poetas puneños, como Alfredo Herrera por Montaña de Jade en 1995 y Boris Espezúa por Gamaliel y el oráculo del agua en el 2009. ¡Tres premios Copé de oro de poesía para Puno¡. Ahora bien. El Copé es uno de los concursos literarios más prestigiosos del país, y este premio no hace sino confirmar el buen momento por el que atraviesa la poesía puneña. Puno, tierra de artistas y poetas (cliché para nuestros políticos de turno), desde los hermanos Alejandro y Arturo Peralta, Oquendo, Efraín Miranda, hasta converger en la hornada de poetas contemporáneos. Esto que decimos, nos obliga hacer un apunte final: El Copé de novela y poesía han sido ganados por dos provincianos. ¿Cómo se hubiera recibido la noticia si el ganador fuera de las canteras de la Pontificia o las “élites” literarias de Lima? La verdad es que se huele un silencio sospechoso en la “oficialidad literaria” del país, básicamente limeña.

De: Letras del lago, abril de 2012.



Darwin Bedoya, José Luis Velásquez, Luis Pacho y Victor Villegas Arias


 

Textos inéditos de El libro de las sombras*


d a r w i n   b e d o y a


Los años que dure esta oración te voy a poner por nombre Caballo. Yo mismo me llamaré Caballo. Después, como tú, seré un equino oscuro galopando tras la escarcha de nuestra sangre. Seré un potro meando sobre los prados polvorientos que hacen la distancia de tu camino. Seré el orín, el agua que haga crecer el pasto nuevo que tus patas han de pisar cuando vuelvas a tu casa de adobe, carrizo y calaminas oxidadas: tu reino. Para entonces no será necesario decir una sola palabra. Caballo, viento sentado. Algunos creerán que ya no estás entre los vivos. Caballo que tascas viento muy cerca de este montón de huesos tuyos. Aquel día, Caballo, viento sentado, habrá más silencio que hoy, habrá una quietud como de piedras o de cerros y un orden absoluto, casi copiando la imagen de tus dientes contentos cuando solías repetir la historia de nuestros nombres: A este nuevo caballo le pondremos un nombre de morir. Poseerá el nombre que un día tuvo nuestro reino. El mismo nombre que a su hijo le puso tu abuelo: Caballo. Que nadie se olvide que tú vienes desde el humeante lomo de un comienzo sin final. Y un día todos se acordarán de ti, porque el día que la sed los agobie, sabrán que tu nombre siempre estuvo escrito en el agua.

 [Advertencia sobre nuestros nombres]



: En ese alejamiento interior me puse a tantear lo improbable. Sin pensarlo siquiera, comencé a contemplar la distancia y logré saber del crecimiento innecesario de los pastos y los territorios del hombre, mis palabras de barro excedían. Desnudo en la sombra, recosté mis huesos sobre un cúmulo de chojas y hierba reventada; enmudecí. Entonces pude oír de la boca desdentada de mi abuelo: Hubo un tiempo en que nuestros muertos permanecían entre los vivos. Danzaban y bebían su muerte como si nunca fueran a terminarse. Algunos hablaban y callaban sentados sobre un trono de huesos. Ordenaban agua desde un reino de piedras y ceniza. No estoy hablando aquí de la muerte o la inmortalidad; estoy hablando de un animal que rebalsaba sentimientos. Un animal gris, solitario y silencioso; llevaba una corona en la cabeza. Ese descomunal incendio, mi padre, un caballo sin riendas saliendo del fuego. Un animal gris al que de cualquier forma le sobrarán todas las edades juntas. Un rostro indefinido mezclándose con los paisajes del lugar. Caballo inmóvil durmiendo en tanta sombra, mi padre.

[Caligrafía de huesos]



(SI RECUERDO TU ROSTRO, ES SOLAMENTE POR LAS GANAS DE VER UN CIELO AZUL A CADA INSTANTE.)

[...] Este montón de huesos brillando en la noche. Estos dedos de humo que van poblando tus sueños. Estas palabras antiguas confundiéndose con la ceniza, estas piedras que van rodando por tu camino; todo esto se ha vuelto una ruta de salamandras que corren hacia un reino que ya se hizo polvo hace tiempo, demasiado tarde para volver a soltar las aguas del río que nos daba de beber. Hablo de tus barbas de casi ochocientos días sin cortar.


 
(QUE DUERMAN PARA SIEMPRE LAS LIBÉLULAS QUE VOLABAN INCIERTAS EN EL FONDO DE SU CORAZÓN.)

El tiempo se desgasta lentamente cuando recuerdo sus sienes blancas y su barba tupida. Su voz aún mueve los arados y las cosas buenas de nuestro reino. Nadie sabrá cuántos pájaros han muerto en el jardín. Tampoco podrán escuchar sus palabras confundiéndose con el galopar de mil caballos desbocados. En esta tarde de neblina y silencio negro, vuelan bandadas de lechuzas hacia las retamas, allí guardo las sandalias ensangrentadas de mi padre. Lechuzas como un velo de muerte, sus silencios no pueden volar solos, no pueden vivir solos. No morirán solos. Mañana habrá una colección de nidos sombríos en el centro de sus sandalias. Mi padre será el silencio para siempre. Nadie sabe los secretos que él ha guardado en el armario de cedro. Nadie sabe lo que esconde en los bolsillos del suéter gris que usaba en invierno. Nadie sabe por qué los corredores principales del reino todavía huelen a incienso y mirra. Nadie sabe de sus manos arrugadas y del polvo que raspa sus ojos.



Una tarde, en los pasillos de nuestro reino, me encontrará de pie en este silencio. Mientras que mis doncellas, recostadas en la tibieza de sus alcobas, con sus vulvas aceitadas y vellosas, me dirán impacientes: ya es hora. Yo seguiré tiñendo sus ojos con mi sangre. Raspados por la niebla, mis ojos se tornarán en una constelación de ceniza que se irá desmembrando inevitablemente. Mi túnica arde junto a las cabezas marmóreas de poetas antiguos. Mis doncellas se han dedicado a limpiar con trapos viejísimos cada uno de mis sueños y de cuando en cuando, hacen el amor con alguno de mis huesos. Creo escuchar gritos y naufragios de barcas negras hundiéndose en mi cuerpo. Estoy condenado a ser la raíz de todos aquellos que sufren sobre mis hombros, esa ceniza que es polvo del polvo ante los ojos del mundo. No puedo ver nada. Vano es el intento de atrapar la eternidad en mis manos. Vano intento en estas manos que amaban y que, extrañamente, aún conservan el perfume del sexo y los pezones de una reina. Creo que alguien contempla desde mí, en los balcones, cómo mi cráneo se abre de modo imprevisto en uno de los muros de mi cuarto. El amor de mi reina y mi fuerza quedarán como un talismán pendiendo en los labios de mi hijo. Yo también parezco un hueso cargando una dentadura. Allí donde el crepúsculo se marcha, otra vez asciende mi cuerpo oscurecido. Este negro impulso de partir ahora, de caer de una buena vez al más hondo precipicio, a la luz que entusiasma mi furioso corazón. Este viejo animal aún camina conmigo. Esta espina que todo lo dice sin hablar. Este montón de huesos es también el sitio por donde pasaron los paraísos mejores, sin descansar. Así como el día en que nací, del mismo modo se libera un aullido de mi pecho. Sólo mi reina percibe este dolor (Alguna vez ella pudo haberme parido). Ahora ordenaré que los centinelas me aten las manos a la espalda y cubran mis ojos con mantas negras o ceniza. Porque muchas veces me sorprendo en medio de la noche, intentando descifrar nuestros rostros verdaderos en el nido de las lechuzas. Así como nací, veo también, el lugar que ocuparemos mi mujer, mi hijo y yo, el preciso lugar que dominaremos a partir de mañana. Ahora que en mis ojos hay mil diluvios, amargamente me pregunto: ¿Quién soy?, ¿quiénes soy?, ¿quiénes habré sido?, ¿quiénes podré ser?, ¿seré acaso mi propio hijo y ya no lo recuerdo?, ¿seré el silencio en nuestro reino?



HOY HE COMENZADO A CHUPARLE LOS HUESOS NEGROS A LA MUERTE. Y ELLA, SUTIL Y PREPARADA EN LOS ACTOS SOLIDARIOS, ME RESPIRA HONDAMENTE Y ME HABLA CERQUITA DEL OÍDO. ME DICE COSAS SOBRE UN MONTÓN DE PASIONES Y CADÁVERES. UNA HERMOSA PARTE DE MI REINO, CON LOS BRAZOS ABIERTOS, ES POLVO QUE RETORNA AL POLVO. HOY HE COMENZADO A CHUPARLE LOS HUESOS NEGROS A LA MUERTE. AGUA Y VIENTO SE CONFUNDEN EN MI BOCA: AMARGURA DE OLVIDOS DESDE HOY.
 
De: Letras del lago, abril de 2012.
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* El libro de las sombras es el texto ganador del Copé.

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